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Es medianoche, regresamos a casa después de haber disfrutado de una agradable tarde en el pueblo de mi familia paterna. Mientras esquivamos minúsculos topillos, que cruzan a toda velocidad de un lado a otro de la carretera, aspiro ese fabuloso aroma a humedad, que emanan los campos de cultivo cercanos. El rechinar de los grillos se apodera del sonido ambiente, mientras el coche avanza cauteloso por la estrecha carretera… |
Ha sido una velada auténtica, sin lujos, sin cocina de vanguardia, sin sillas de diseño ni manteles de hilo, pero ha sido fantástica. El corral de mi abuela, ese destartalado espacio decorado con zapatos usados, trapos de cocina y muebles reciclados, ha hecho de nuevo las veces de comedor. Las plantitas repletas de flores han sido el principal atrezzo y el cielo, sorprendentemente estrellado, nuestro techo.
El menú ha sido sencillo pero perfecto: patatas nuevas, recién traídas de la huerta, y huevos de corral, seguramente obsequiados por la señora Anuncia, amiga íntima de la familia y vecina del pueblo. Productos orgánicos, como se llama ahora a lo que se cría y se cultiva como se ha hecho siempre.
![]() Friendo las patatas nuevas en la fantástica cocina de gas instalada en el corral |
A mi memoria se acercan recuerdos de mi niñez, cuando mi abuela me mandaba con una palangana a recoger los huevos del corral, uf ¡qué miedo me daba!. Yo siempre he sido particularmente miedosa y torpe con respecto a los menesteres que exige la vida rural. En alguna ocasión me sorprendí asistiendo como testigo al sacrificio y desplume de algún desafortunado animal –no recuerdo cuál-. Mi abuela, sentada en una silla de madera y con el mandil cubierto de plumas y restos de sangre, apenas prestaba atención a la carita desencajada de aquella niña de ciudad, que con cautela se retiraba al interior de la casa, cerca de las faldas de su madre, que le reconfortaban tras el trance.
Sin duda, el mejor momento del día en invierno era el desayuno. Costaba abandonar la cama, tan calentita gracias a ese mullido colchón de lana, y cruzar la casa para llegar hasta la cocina. Pero una vez allí el sacrificio obtenía su recompensa. La chimenea estaba encendida y sobre la mesa siempre había unos trozos de tocino frito y pan reciente, que sabían a gloria y que servidora acompañaba de una taza de Cola-Cao hirviendo.
Recuerdo que de pequeña no me apasionaba precisamente ir al pueblo, allí estaba expuesta al frío, a las moscas que siempre estaban al acecho, a las terribles travesuras de mis primos y a las órdenes de mi abuela, una mujer por aquel entonces autoritaria y de carácter recio. Sin embargo, ahora, más de veinte años después, rememoro mis estancias allí con nostalgia; añoro esos energéticos desayunos, la niebla invernal, el sonido de las campanas de la iglesia el domingo por la mañana, el canto del gallo al amanecer, los bocadillos de chorizo casero, la telenovela después de comer, las excursiones en bici con las vecinas hasta el pinar…
Engullimos los huevos con patatas como si lleváramos semanas sin probar bocado, inmortalizo todo con la cámara de mi teléfono, mientras mi abuela no puede evitar sonreír, sorprendida y halagada por nuestro voraz apetito y por los piropos que echamos al simple pero sublime plato. Disfruto del momento junto a mi familia, lo saboreo sin prisas, percatándome de cada detalle de la velada.
Afuera, decenas de críos corretean por las calles del pueblo, mientras sus abuelas los observan orgullosas sentadas a las puertas de sus casas. La brisa fresca de la noche recorre cada esquina, agitando los árboles de las plazas. El campo, ruidoso y concurrido durante el día, ha enmudecido.
Al filo de la medianoche todos comienzan a retirarse, las calles quedan desiertas y silenciosas, mientras nosotros partimos en coche rumbo a casa…
Eva González Hernández
Directora de Hosteleriasalamanca.es
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